jueves, 31 de marzo de 2022

El cuestionado "suicidio" de los peces Nemo

El pasado 28 de febrero se hizo pública la segunda de las entregas previstas del Sexto Informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC AR6 en sus siglas en inglés). Ese Sexto Informe acabará teniendo tres partes bien diferenciadas correspondientes a cada uno de los tres Grupos de Trabajo del IPCC. La primera entrega, la del Grupo I, relacionada con la Ciencia básica del Cambio Climático, apareció el 6 de agosto de 2021. La entrega del Grupo II, arriba mencionada, tiene que ver con la evaluación de la vulnerabilidad de los sistemas socioeconómicos y naturales al cambio climático. Y la entrega del Grupo III, que se producirá a lo largo de este año, tiene que ver con las opciones para mitigar el cambio climático mediante la limitación o prevención de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Se trata, en todos los casos, de documentos prolijos de miles de páginas cada uno, no fáciles de entender por un profano (interesado) como este vuestro Búho. Por ello, al igual que en informes anteriores, mi interés suele centrarse, por aquello de mi formación química, en lo que tiene que ver con uno de los efectos atribuidos al cambio climático y que se conoce como acidificación de los océanos. Sobre el tema ya hay en el Blog una entrada hace cuatro años que podéis visitar si queréis poneros al día. Pero contada en plan resumen, si la concentración de CO2 en la atmósfera va aumentando (algo sobre lo que no hay duda alguna), la concentración en el agua de mar irá aumentando paralelamente (la ley de Henry que todo estudiante de Química ve en primer curso) y, en virtud de una serie de equilibrios químicos en los que no entraré, el pH del mar, ahora ligeramente básico (8.1) irá tendiendo a números menores, "acidificándose". Lo que puede tener variadas consecuencias de todo tipo en los organismos que viven en el mar.

Pero he de confesar que en cuanto apareció la entrega del Grupo II, me faltó tiempo para buscar las conclusiones del informe sobre una de esas posibles consecuencias de la acidificación, que tiene que ver con las alteraciones en el comportamiento de los peces cuando el pH va cambiando. Y el resultado de mi búsqueda acelerada es lo que os voy a contar en esta entrada. Tiempo habrá para ver si extraigo (y cuento) otras cosas interesantes sobre el tema de la acidificación en los próximos meses.

A principios de 2009, un grupo australiano de la Universidad de Cook, liderado por Philip L. Munday, publicaba en la revista PNAS un artículo que resumía los resultados obtenidos con peces payaso (Amphiprion ocellaris), conocidos popularmente como peces Nemo, una especie que vive en los corales. Cuando se les sometía en tanques de laboratorio a una serie de experiencias a pH más bajos que los que se dan ahora en el mar (entre 7.6 y 7.8), pero que potencialmente podrían darse en 2100 o incluso más adelante, se obtenían resultados inquietantes. Ya el propio resumen del artículo mencionado explicaba que el pH a esos niveles perjudicaba la discriminación olfativa de esos peces en estado larvario y hacía que esas larvas se sintieran fuertemente atraídas por una serie de moléculas químicas producidas por sus propios depredadores (una especie de suicidio inducido), algo que no ocurría a los niveles actuales del pH. El resumen del artículo acababa alertando de que si eso ocurría con diversas especies habría consecuencias potencialmente profundas para la diversidad marina y, consiguientemente, para las pesquerías. El grupo ha publicado desde entonces una veintena de artículos sobre ese tema y sus principales conclusiones fueron incluidas en el Quinto Informe del IPCC, hecho público en 2014.

Pero en enero de 2020 y en la revista Nature, otro grupo australiano, este de la Universidad Deakin en Geelong, liderado por Timothy Clark, publicaba un artículo en el que daba cuenta de que, tras intentar repetir durante tres años los experimentos de laboratorio del Munday y colaboradores, ello les había resultado imposible. El título de este nuevo artículo no podía ser más explícito a la hora de llevar la contraria al primero de la serie de Munday. Traducido al castellano decía: La acidificación de los océanos no afecta al comportamiento de los peces de arrecife de coral. La polvareda científica que se generó fue de órdago y tuvo eco importante en las principales revistas científicas. Véase, por ejemplo, como lo contaba la prestigiosa Science.

Así que en cuanto pude descargarme la entrega del Grupo de Trabajo II me fui directamente al índice para tratar de encontrar qué partido había tomado el IPCC al respecto. Pues bien, perdida en el apartado 3.3.2, encontré la respuesta a mis afanes: En el caso de los peces, los estudios de laboratorio sobre las consecuencias sensoriales y de comportamiento de la acidificación del océano mostraron resultados mixtos. (Rossi et al., 2018; Nagelkerken et al., 2019; Stiasny et al., 2019; Velez et al., 2019; Clark et al., 2020; Munday et al., 2020). Los dos últimos artículos mencionados en la lista de autores y años (los subrayado son míos) hacen referencia al publicado por Clark y colaboradores en Nature y la respuesta de Munday y los suyos en la misma revista, defendiendo la veracidad de sus resultados con uñas y dientes.

Estaréis conmigo en que llamar resultados mixtos a conclusiones completamente antagónicas es de una diplomacia vaticana, impropia de una genuina controversia científica. Como se suele decir siempre al final de los artículos, se necesitan más estudios....

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martes, 22 de marzo de 2022

El microscopio bajo el que crecen los polímeros

Estos dos grandes amigos que se fotografiaron como tales en el año 2000, en la inauguración del Donostia International Physics Center, son Pedro Miguel Etxenike, fundador de ese Centro y su actual Presidente y Heinrich Rohrer, Premio Nobel de Física de 1986 "por su diseño del microscopio de efecto túnel". Rohrer, que falleció en 2013, era un visitante bastante asiduo de Donosti y del DIPC, un científico vital y divertido que en los sucesivos espectáculos sobre ciencia (Passion for Knowledge), organizados por el DIPC desde 2005, lo mismo te daba una charla multitudinaria que se reunía con estudiantes de Secundaria a contarles sus vivencias o a comerse un bocata. Hasta el Búho tuvo el honor de compartir más de una cerveza con él.

Sin entrar en detalles de la física cuántica en la que se basa, podemos decir que el microscopio de efecto túnel (STM) permite "ver" superficies y sus detalles hasta nivel de los átomos que la componen. Y he puesto la palabra ver entre comillas porque un STM no es un microscopio al uso, ya que no nos deja ver esa superficie cuando colocamos nuestro ojo en un ocular. Todo es mucho más complicado pero, al final, podemos obtener una imagen de la superficie en cuestión con la citada resolución atómica. Y lo que es tan importante o más, podemos además de ver "manipular" esos átomos individualmente para construir estructuras sobre una superficie.

Para ilustrar a los no entendidos sobre la importancia del asunto, científicos de IBM, la compañía para la que trabajaba Rohrer, fueron capaces en 1989 de mover adecuadamente 35 átomos individuales de un elemento químico llamada xenon sobre una superficie fría de níquel y "escribir" de esa forma el logotipo de la compañía. También el DIPC hizo lo mismo años más tarde, obteniendo un vídeo en el que se movían y organizaban átomos de plata y oro sobre una superficie de cobre. Una foto del resultado final la podéis ver abajo a la derecha.
En 2013, IBM publicó un vídeo en YouTube en el que encadenando una serie de fotogramas uno detrás de otro se construyó la que se denominó la película más pequeña del mundo, titulada "Un chico y su átomo", moviendo en este caso moléculas de monóxido de carbono (CO, un átomo de carbono unido a uno de oxígeno) sobre una superficie de cobre. El video, de poco más de un minuto, lo podéis ver en este enlace. Si no lo habéis visto nunca merece la pena. Cada pareja con dos pequeñas esferas es una molécula de CO.

Desde que Rohrer diseñó el primer STM, se ha empleado en multitud de aplicaciones y ha constituido una herramienta fundamental en lo que denominamos Nanotecnología. Pero el pasado día 15 de marzo (mi septuagésimo cumpleaños para más señas) mi amigo Fernando Gomollón-Bel, al que hablando de años le saco casi cuarenta, publicaba en la revista Chemistry World la reseña de un artículo científico que a mi me resultó fascinante, probablemente por el sesgo que me acompaña para todo lo que tiene ver con polímeros y plásticos.

Hace ya algún tiempo, os contaba en este Blog una historia de espionaje entre dos laboratorios en los que se generó una de los más importantes logros en el mundo de los plásticos. Se trata de la llamada polimerización Ziegler-Natta que permitió obtener, en los años cincuenta y en condiciones muy benignas de temperatura, dos de los polímeros que más se venden, todavía hoy, en el mundo: el polietileno de alta densidad (HDPE y el polipropileno isotáctico (i-PP). La base de estos procesos está en el empleo de unos catalizadores a base de titanio y aluminio, en cuya superficie los polímeros en cuestión empiezan a crecer en largas cadenas al engancharse una tras otra las unidades que se repiten en ellos, igual que se adicionan las cuentas de un collar.
Pues bien, en el artículo que Fernando referencia y utilizando un microscopio de efecto túnel se ha grabado un vídeo en el que, sobre una superficie de carburo de hierro, se puede ver a diferentes unidades de etileno adicionándose una tras otra, hasta constituir cadenas de polietileno. Las cadenas que se forman son pequeñas, no van más allá de diez o doce unidades, porque para conseguir imágenes de calidad adecuada los investigadores han tenido que usar determinados trucos, como parar la reacción de cuando en cuando, además de un cierto photoshopping. Pero al final, el trabajo demuestra que una primera unidad se ancla sobre el sustrato y posteriormente otras se las arreglan para irse enganchando a pequeñas cadenas en crecimiento. De forma similar a la que yo utilizaba para explicar a mis estudiantes, durante años, la polimerización Ziegler-Natta del polietileno y el polipropileno.

Tengo que confesaros que, sin quererlo, Fer me ha hecho un buen regalo en este especial cumpleaños.

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lunes, 28 de febrero de 2022

Alcohol: riesgos y un cierto escepticismo de viejo

Estas últimas semanas, ha habido una cierta polémica en los medios cuando el Parlamento Europeo tenía que votar un informe encargado sobre el cáncer en el que, en uno de sus párrafos, abogaba por imponer una serie de medidas drásticas para ir intentando que las bebidas alcohólicas quedarán proscritas de nuestras vidas. Finalmente, y tras una propuesta del Grupo Popular Europeo, el informe acaba matizando que solo una ingesta abusiva o dañina es perjudicial. Previamente el Comité Europeo de Empresas del Vino (CEEV, parte interesada donde las haya) sostuvo en su labor de lobby que la propuesta original era “engañosa y está basada en un único estudio duramente criticado por la comunidad científica debido a sus fallos de metodología y análisis”. El mencionado estudio es el famoso meta análisis publicado en la revista The Lancet en 2018 y que generó unos encendidos debates en los medios y las redes sociales. En esa época no quise entrar al trapo, aunque me sirvió para aclarar un poco mi lista de Twitter.

Ya desde el principio del artículo, en el apartado interpretación de resultados, los autores entienden que "el riesgo de mortalidad por todas las causas, y de cánceres en particular, aumenta con el aumento de los niveles de consumo, y el nivel de consumo que minimiza la pérdida de salud es cero. Estos resultados sugieren que las políticas de control del alcohol podrían necesitar ser revisadas en todo el mundo, reorientándose en los esfuerzos para reducir el consumo general a nivel de población".

Como ya he dicho, el artículo es un meta análisis, lo que significa que en él se analizaba una amplia información contenida en otros artículos, fuentes estadísticas y datos gubernamentales de muchos países. Con ella se estudiaba la influencia del alcohol en un total de veintitres enfermedades diferentes, analizando el riesgo de consumirlo en cantidades que ellos evaluaban en forma de lo que denominaban standard drink, equivalente a beber una cantidad de una bebida alcohólica que contenga 10 gramos de alcohol puro y que, a partir de ahora, yo llamaré Unidad de alcohol puro. De forma y manera que una botella de 750 mililitros de un vino con 13,5% de alcohol contiene algo más de ocho de esas unidades, una botella de vodka 24 y una cerveza de 330 mililitros, con un bastante habitual 5,5% de alcohol, suponen un poco menos de 1,5 unidades de alcohol puro.

Los resultados globales del estudio se traducen en la Figura 5 del mismo, que yo he utilizado como ilustración de esta entrada y que podéis ver mejor clicando en ella. Se representa ahí el llamado riesgo relativo frente al número de unidades de alcohol puro consumidas diariamente. El riesgo relativo es el cociente entre el número de personas bebedoras de alcohol que pueden sufrir una cierta enfermedad y el número de personas que pueden sufrirla siendo abstemios. O dicho de otra forma, un riesgo relativo de 2 quiere decir que los bebedores tienen el doble de posibilidades que los abstemios de sufrir una de esas 23 enfermedades.

Para explicar algo más los datos, en un resumen realizado por la propia revista The Lancet, se puede leer que "Al comparar los que no toman bebida alguna con los que ingieren una Unidad de alcohol al día, el riesgo de desarrollar uno de los 23 problemas de salud relacionados con el alcohol fue un 0,5% mayor en los que bebían, lo que significa que 918 de cada 100.000 personas de 15 a 95 años que bebieron una unidad de alcohol al día desarrollarían una afección, pero 914 de cada 100.000 personas que no beben la desarrollarían igualmente". Es decir, matizo yo, una diferencia de 4 personas por cada 100.000. El riesgo relativo, resultado de dividir 918 entre 914 es prácticamente 1 (1,004).

Usando esa misma fuente indicada arriba, el número de personas que desarrollarían un problema de salud bebiendo dos unidades de alcohol diarias serían 977 personas por cada 100.000, 63 más que los abstemios (914), con un riesgo relativo de 1,07 (977/914). En el caso de las cinco unidades diarias de alcohol nos iríamos a 1252 por cada 100000 frente a los 914 por 100000 de los abstemios, un 37% más y un riesgo relativo de 1,37 (1252/914). Finalmente para tener un riesgo relativo de 2, habría que irse casi a las 9 unidades de alcohol, más de una botella diaria de vino.

En el estudio queda también claro que, en enfermedades como las cardíacas isquémicas o la diabetes, el riesgo relativo es inferior a uno (es decir, los bebedores tendrían menos probabilidades que los abstemios de sufrir ese tipo de enfermedades) hasta valores de tres o cuatro unidades de alcohol diarias, lo que indicaría un cierto efecto protector de beber en ese tipo de dolencias. Cosa que no pasa en la mayoría de las enfermedades ligadas al cáncer. El que esté interesado en esos resultados puede consultar la figura 4 del trabajo original mencionado al principio.

Y esto es lo que hay y que cada uno eche sus cuentas y haga su análisis de riesgos. Conducir un coche tiene riesgos clarísimos de sufrir percances (incluida la muerte) y muchos conducimos todos los días y no solo por necesidad. El Búho ha tenido varios casos cercanos de abuso de bebidas alcohólicas con resultados desastrosos y, por tanto, lo considera a menudo cuando tiene una copa de vino en la mano. Tampoco quiero decir con este análisis que haya que recomendar el beber sobre la base de que puedan prevenirse ciertas enfermedades. Pero uno está ya en edad de no creerse todo lo que le cuentan, sobre todo si tiene posibilidad de leer las fuentes con un poco de atención y sacar sus propias conclusiones.

No quiero terminar sin apuntar que hoy hace 16 años comencé a escribir este Blog.

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domingo, 20 de febrero de 2022

Microplásticos y tarjetas de crédito


Hace ya años que no veo informativos de la TV por una serie de razones que no vienen al caso. Eso hace que no me entere de algunas de las cosas que publicitan. Como pasó la pasada semana, con una noticia relativa a un estudio del CSIC en el que se analizaban los posibles peligros en nuestra flora intestinal de los microplásticos que ingerimos en nuestra dieta. Un amigo, Javier Ansorena, ocasional autor en este Blog y fiel seguidor, me alertó de que en el Telediario de TVE, ilustrando la noticia, se habló de que nos metemos al coleto TODAS LAS SEMANAS una cantidad de microplásticos que equivale al peso de una tarjeta de crédito (cinco gramos más o menos). Algo que es un poco viejuno y de lo que ya hablamos en este Blog hace casi tres años. Pero que ahora vuelve a aflorar merced al estudio arriba mencionado.

Firmado por una serie de investigadores del Instituto en Ciencias de los Alimentos, CIAL, un Centro Mixto entre el CSIC y la Autónoma de Madrid, su objetivo declarado es "evaluar los riesgos potenciales de los microplásticos a nivel digestivo", para lo que se simuló el paso de una dosis de polietilentereftalato (PET, el plástico de las botellas de agua) a través del tracto gastrointestinal. Los autores utilizaron para esa simulación estudios in vitro y una especie de reactores que "recrean las diferentes regiones del tracto digestivo en condiciones fisiológicas". Debe quedar claro, por tanto, que no se usan humanos, excepto para extraer de las heces de dos voluntarios los microorganismos a los que se somete a una dosis de microplásticos a base de PET.

No pretendo analizar el artículo en cuestión, que para eso ha sido sometido a una revisión por pares antes de su publicación y yo tengo poco de par en estas cosas de los bichos intestinales. Solo diré que, de lo que se pueda concluir de esos ensayos a lo que ocurre en mi tracto gastrointestinal, hay buen trecho. Y, sobre todo, que tengo un problema serio con la dosis de PET elegida para realizar los ensayos en cuestión, a la vista de la más reciente (y para mi fiable) bibliografía. Los autores seleccionan esa dosis tomando como base lo establecido en un artículo publicado en octubre de 2020.

Dicho artículo está firmado por cuatro investigadores de las australianas Universidades de Newcastle y Macquary. Un quinto autor es Simon Attwood que, desde hace años, ha sido el Director de la filial en Singapur del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, la que conocíamos antes como Adena en España), una de las más importantes ONGs del mundo, con un claro activismo contra los plásticos. De hecho, en los agradecimientos del artículo, se dice expresamente que el proyecto fue encargado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) - Singapur, que proporcionó financiación parcial para la investigación. Resultados similares pero con mucho menos detalle se presentaron antes en un folleto elaborado por WWF en el que, en uno de los titulares resaltados desde el principio, aparecía algo que desde entonces se ha difundido en muchos medios y redes sociales: nos comemos el equivalente al plástico de una tarjeta de crédito (5 gramos) cada semana. Y esa misma mítica cifra vuelve a aparecer en el artículo de octubre de 2020 arriba mencionado y es la que ha usado el Grupo del CSIC/UAM en sus simulaciones.

Son varias las entradas que he publicado en este Blog sobre microplásticos, que se pueden ver escribiendo esa palabra, con acento, en el buscador de arriba a la izquierda. En las publicadas en el verano de 2019 hice referencia a la figura del Profesor Albert A. Koelmans de la Universidad de Wageningen en Holanda, quien además de haber publicado muchas contribuciones científicas sobre el tema, coordinó un informe publicado en 2019, encargado por la Unión Europea a la denominada SAPEA (Science Advice Policy from European Academies), en el que se abordaban los aspectos estrictamente científicos del tema que nos ocupa, de cara a la toma de decisiones políticas para paliar el problema. Pues bien, ese mismo Koelmans es el autor de un nuevo trabajo publicado en marzo de 2021, en el que, entre otras cosas, se trata de evaluar la masa de microplásticos ingerida per cápita y día por niños y adultos.

Los resultados de ese trabajo están muy lejos de la pretensión de que nos podamos comer una tarjeta de crédito semanalmente (lo que supondría unos 700 miligramos por persona y día) que, todo hay que decirlo, es la cantidad que ingeriríamos en el peor de los escenarios posibles considerados por el grupo financiado por la WWF. La incertidumbre en este tipo de evaluaciones es muy alta, dada su dificultad. Para daros una idea, la conclusión de Koelmans y colaboradores, en el caso de los niños, es que pueden ingerir (por persona y día) desde 7.5 miligramos hasta menos de una millonésima de miligramo, con un valor medio estimado de 0.0002 miligramos. Incluso seleccionando en estos datos el peor escenario de los posibles (7.5 miligramos por persona y día) eso es casi cien veces menos que los 700 que corresponderían a la tarjeta semanal. O, lo que es lo mismo, no comeríamos una tarjeta por semana sino una tarjeta cada dos años.

Y no debemos olvidar que tanto en el artículo financiado por la WWF como en el de Koelmans y colaboradores, estamos hablando del peor de los escenarios y con una gran incertidumbre en la ingesta real. Por ejemplo, en el caso del trabajo de Koelmans si, en lugar del peor escenario posible, cogiéramos la media del valor estimado para la ingesta en niños (0.0002 miligramos por persona y día), necesitaríamos toda una vida de 68 años para ingerir una cantidad de microplásticos que pesen como la tarjeta de marras.

Voy a pensar que a los investigadores del CSIC se les había escapado el reciente artículo de Koelmans antes de aparecer la nota de prensa que anunciaba el suyo. Pero incluso en este caso, recurrir al icono de la tarjeta de crédito como reclamo para publicitar su artículo, cuando ellos saben que ese no es el dato más representativo del estudio de la WWF que ellos usan, me parece un ejemplo más de la creciente tendencia entre científicos y Universidades de usar un alarmismo sin fundamento para promocionarse en los medios y redes.

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lunes, 31 de enero de 2022

PCR y RCP

Cada uno de los dos acrónimos que aparecen en el título dan lugar al otro si se leen al revés. Es lo que en términos lingüísticos se conoce como semipalíndromos o bifrontes. El primero de ellos (PCR) está muy de moda con la pandemia que nos asola. No voy a entrar en muchos detalles sobre él porque, entre otras cosas, cuando yo estudiaba Química, la Bioquímica no estaba en el Plan de Estudios y siempre ha sido una de mis carencias. Pero sí puedo decir que PCR hace referencia a una técnica por la que el genoma del malvado virus, en forma de ADN, se amplifica mediante la Reacción en Cadena de la Polimerasa (de ahí el acrónimo PCR en inglés). Cuando una célula cualquiera se divide duplica su ADN gracias a una enzima, la ADN polimerasa. La PCR es un proceso diseñado para repetir esta síntesis cíclicamente en un tubo de ensayo hasta conseguir multiplicar (o amplificar) millones de veces el ADN que hemos extraído del contagiado, lo que permite detectar la presencia del virus rápida y eficazmente.

Lo de RPC es una cosa bien distinta, que tiene que ver con las cosas del clima. Este acrónimo toma sus iniciales del término en inglés Representative Concentration Pathway o, en castellano, Trayectoria de Concentración Representativa, un nombre ciertamente oscuro en primera instancia pero que espero poder aclarar debidamente.

Los dos últimos informes (el Quinto y el Sexto) del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) contienen proyecciones a futuro, realizadas mediante modelos climáticos, sobre el impacto del calentamiento global que se viene observando en una serie de variables del clima de aquí a 2100. Para establecer esas proyecciones, los modelos necesitan definir la posible evolución de las emisiones a la atmósfera del CO2 y otros gases de efecto invernadero hasta esa fecha y, consiguientemente, el progresivo aumento de la concentración de esos gases en la misma. Para ello plantean diferentes escenarios posibles, cada uno de ellos con una evolución determinada de las concentraciones de CO2 en la atmósfera hasta el final de este siglo.

En el Quinto Informe del IPCC (publicado en 2014) se introdujeron así cuatro posibles escenarios (o posibles trayectorias de la concentración de gases de efecto invernadero) denominados RCP 2.6, RCP 4.5, RCP 6 y RCP 8.5, donde el número tras el acrónimo viene a dar una idea del previsible calentamiento de la Tierra en el 2100 en vatios por metro cuadrado. La gráfica que ilustra esta entrada (y que podéis ampliar clicando en ella) presenta esos escenarios. Los números 2.6, 4.5, 6 y 8.5 están escogidos un poco arbitrariamente para representar así diferentes grados de calentamiento en función de las concentraciones de gases de efecto invernadero que se vayan acumulando. De hecho, en la literatura más reciente se han usado otros como los RCP 1.9, RCP 3.4 y RCP 7.0.

Desde ese año 2014, muchas de las proyecciones a futuro que hayáis ido leyendo en los medios y las redes están basados en el escenario RCP 8.5 que, básicamente, asume que las emisiones van a seguir al ritmo actual (escenario BAU o business as usual, suelen decir los expertos). Pero a medida que se fue aproximando la fecha de la aparición del Sexto Informe del IPCC (agosto de 2021), empezó a estar claro que los científicos implicados se estaban replanteando el asunto de los diferentes escenarios posibles. Por solo poner un ejemplo, en este artículo publicado en Nature hace ahora casi dos años exactos, firmado por dos científicos (Hausfather y Peters) que han tenido un papel significado en la elaboración del Sexto Informe, queda claro que los escenarios RCP 8.5 y el RCP 7.0 son considerados "altamente improbable" o "improbable", respectivamente. Mientras, otros como el RCP 6.0 o el RCP 4.5 se consideran más probables. Este cambio de opinión no ha pasado desapercibido para otras grandes revistas científicas, como es el caso de Science.

Todo esto tiene su repercusión en las proyecciones que los modelos hagan para 2100 en cosas como las temperaturas de la Tierra o los océanos, el nivel del mar, etc. Por ejemplo, el escenario 8.5 proyecta una subida de temperatura de cinco grados centígrados de aquí a fin de siglo, mientras el 4.5 deja esa subida en la mitad. El RCP 1.9, por otro lado, sería el escenario deseable para alcanzar los objetivos de los Acuerdos de París. Y algo similar ocurre con la subida del nivel del mar, previsible en una situación en la que los hielos sobre los continentes (glaciares, Groenlandia y la Antártida) se van fundiendo al subir la temperatura y, además, esa temperatura más alta dilata el agua líquida resultante. Para los mismos escenarios que acabo de mencionar en el caso de la temperatura, la Tabla 9.9 del capítulo 9 del Sexto Informe del IPCC recoge subidas del nivel del mar (en 2100) de 38 cm en el escenario RCP 1.9, 44 cm en el RCP 4.5 y poco más de un metro en el caso del RCP 8.5.

El asunto del aumento del nivel del mar siempre me ha resultado interesante. No en vano vivo a escasos 400 metros de La Concha y cuando hay mareas vivas el arenal desaparece. Si se tienen en cuenta las medidas registradas en los mareógrafos más próximos a Donosti, localizados en Santander, en San Juan de Luz y en Brest, Bretaña (aunque algo más lejano es el que más datos tiene, desde 1805), el nivel del mar en mi pueblo ha subido en el último siglo unos 20 centímetros, a una velocidad prácticamente constante de 2 mm/año aunque, a nivel global, las últimas medidas con satélites parecen indicar un valor superior (3.7 mm/año). Es decir, que de aquí a 2100, el agua en La Concha puede subir en una horquilla entre 16 y 30 centímetros.

El pasado 26 de octubre, el Diario Vasco informaba que "Euskadi se prepara para una subida del nivel del mar de hasta un metro". Algo que no era sino el fiel reflejo de la presentación pública, unos días antes, del Plan de Transición Energética y Cambio Climático del Gobierno Vasco. En la página 19 de ese Plan se establecen índices de riesgo para cuatro amenazas climáticas, entre ellas las inundaciones debidas a la subida del nivel del mar en ciertas zonas de Euskadi. Pero en el título de la gráfica ilustrativa de esos índices de riesgo, se dice expresamente que están obtenidos “a partir de proyecciones del escenario RCP 8.5".

Uno podría pensar que nuestro Gobierno se quiere poner en plan muy previsor y prefiere el peor y más improbable de los escenarios (también el más costoso de remediar). O, pensando mal, que no les ha dado tiempo o no han querido adecuar el Plan a lo que en agosto ya aparecía en el Sexto Informe del IPCC.

A uno ya no le quedan muchos años para comprobar qué escenario va a funcionar mejor, pero mientras mis neuronas me dejen seguir el asunto voy a estar atento al tema.

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