lunes, 30 de septiembre de 2019

Agua y campos de golf

Hace ya demasiado tiempo (nada menos que en marzo de 2007) publiqué en el Blog una entrada sobre el impacto ecológico de los campos de golf. Era una época en la que por toda España y, particularmente, en ciertas regiones y provincias mediterráneas, los campos de golf aparecían como setas, siempre acompañados de urbanizaciones, cada una de las cuales podía dar albergue a cientos de personas. Desde entonces, y tras la crisis económica, decenas de esos desarrollos se han quedado sin terminar o sin vender. Cuando releo la entrada, veo que la mayor parte de los argumentos se mantienen bien con el tiempo y no necesitan revisiones de relieve pero hete aquí que las circunstancias hacen que "necesite" escribir una nueva sobre el tema, por razones que vais a entender inmediatamente.

Esta entrada se la "debo" a una persona a la que no conozco de nada y que, recientemente, publicó en Twitter los dos tuits que veis en la cabecera (he borrado el nombre de la autora). Ya el primero y el texto que lo acompaña en el recuadro en blanco encendieron todas mis alarmas. Poco después llegó el segundo, que todavía era más "atractivo" en su conclusión: Los campos de golf en España consumen más agua que todos los españoles juntos. Así que investigué sobre la autora y descubrí que parece ser una buena seguidora y consumidora de la divulgación científica que se hace en España (se ha forrado a ver, por ejemplo, los vídeos de las intervenciones en el reciente Naukas Bilbao 2019). Pero aquí no ha usado buena información.

En su bio, y aparte de otros términos, se define como "ex-matemática" y, quizás, en ese abandono de las matemáticas debe estar el origen de lo mal que ha hecho las cuentas que han dado lugar a su dislate. En el que no habría incurrido si hubiera considerado seriamente el texto de la nota que aparece bajo su primer tuit, del que no cita la fuente y que os transcribo, porque creo que no se va a leer bien clicando en la figura que ilustra esta entrada. Dice allí que "el consumo de un campo de golf de 18 hoyos y 60 hectáreas es de 10.000 metros cúbicos por hectárea, es decir, 18 hectómetros cúbicos cada año". O sea, que quien haya escrito eso ha multiplicado el consumo de agua por hectárea por.... el numero de hoyos (!!!) y no por el de hectáreas, como correspondería. Además, 18 por 10.000 metros cúbicos son 180.000 metros cúbicos o, lo que es igual, 0,18 hectómetros cúbicos y no 18 (¡cien veces más!), como dice la nota.

Para refutar las conclusiones de sus tuits, me voy a basar, en primer lugar, en la información que recibo regularmente, y desde hace muchos años, de mis amigos Javier Ansorena y Domingo Merino, dos personas que, a partir de los años ochenta y tomando como referencia los usos y prácticas de la estación inglesa de Rothamsted, revolucionaron el agro guipuzcoano. Pero ambos han tenido otra pasión: los céspedes deportivos, ámbito en el que Domingo Merino, ya jubilado, sigue colaborando con clubes de fútbol y golf en el mantenimiento e innovación de sus cubiertas verdes. La entrada de 2007 era, en realidad, un condensado de las ideas de ambos amigos, plasmadas en un artículo que menciono abajo en primer lugar. También emplearé datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), de la Real Federación Española de Golf (RFEG) y de un informe que la consultora PwC España realizó para la empresa Acciona hace poco. Esas y otras fuentes aparecen más detalladas al final de la entrada.

El consumo de agua en España, según el estudio de PwC, ha oscilado en los últimos años en torno a los 35.000 hectómetros cúbicos anuales. El sector que más agua consume en España es la agricultura con un 67%, seguido de los grandes grupos industriales con un 19% y el 14% restante, esto es 4.900 hectómetros cúbicos anuales, se destina a diversos usos que podemos llamar urbanos.

Esos 4.900 hectómetros cúbicos anuales que corresponden al sector urbano se distribuyen, de nuevo según PwC, en una serie de subsectores. El llamado Hogares supone el 71% de ese consumo (3.480 hectómetros cúbicos). La pequeña industria y la construcción se llevan el 11%, los consumos municipales el 9%, las prácticas de corte agrícola en esos municipios un 1% y el 8% restante (392) es atribuible a Actividades y Servicios de tipo turístico, como gestión de Hoteles, Balnearios y, por supuesto, los alrededor de 420 campos de golf federados de diverso tamaño existentes en España, la mayor parte de ellos radicados en la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía.

El consumo de agua de un campo de golf de 18 hoyos (que son la mayoría, aunque el segundo tuit parezca indicar lo contrario) es muy variable en función de muchos factores, como la pluviometría del lugar (no es lo mismo un campo en Almería que mi Basozábal en Donosti), del tipo de hierba que se haya plantado, de la extensión y gestión del campo, etc. Pero, creo haber llegado a unos valores medios razonables, usando las fuentes abajo citadas y las consideraciones que os enumero a continuación:

1. Un campo de golf se asienta en fincas de variado tamaño, dependiendo del entorno geográfico de cada campo y de que tenga 9, 18 o más hoyos. Garcia Ircio, en su libro abajo citado, establece un valor medio en torno a unas 45 hectáreas. Pero, para empezar, hay que dejar claro que, de ellas, solo se riegan, cuando es necesario, las áreas realmente de juego, es decir, las calles, por las que vamos avanzando desde la salida hasta el hoyo, y los greenes, territorios reducidos en los que se localiza el pequeño agujero en el que hay que meter la bolita.

2. Según puede verse en la reciente evaluación (2019) de la Real Federación Española de Golf (RFEG), cuyo enlace aparece abajo, los campos del Norte de España, como el mío, pueden utilizar entre 50.000 y 75.000 metros cúbicos de agua de riego por año, mientras que los de la España seca pueden llegar a 300.000 o más. Tirando por alto para favorecer las tesis de la tuitera, usaremos, como media de riego anual, esos 300.000 metros cúbicos o 0,3 hectómetros cúbicos. Con ese dato en la mano, podríamos estimar el consumo global por año de los campos de golf españoles en unos 126 hectómetros cúbicos (300.000 por 420 campos y dividido por un millón), un 0,36% de la totalidad de agua consumida anualmente en España por todos los sectores (agrícola, industria y urbano).

3. A la hora de comparar consumo de agua en campos de golf con consumo de agua potable en nuestras ciudades, la misma evaluación de la RFEG indica que más de la mitad del agua empleada para regar campos de golf, concretamente el 57%, es agua reciclada, obtenida a partir del tratamiento de aguas residuales y no apta para consumo humano. Así que el agua potable que los campos de golf emplearían se quedaría en unos 54 hectómetros cúbicos (el 43% de los 126 del párrafo anterior), un 0,15% total del consumo de agua en España y un 1,55% del agua consumida anualmente por los hogares españoles. Y esto sin tener en cuenta otras posibles fuentes de agua de riego de la que puedan disponer los campos, como el agua de lluvia que puedan recoger en los lagos artificiales, estratégicamente situados para incordiar al golfista, el agua de acuíferos propios, etc. Pero volvamos a dar números que favorezcan a la tuitera y estimemos que los campos de golf pudieran llegar a consumir hasta 54 hectómetros cúbicos de agua tan potable como la de nuestro grifo.

4. Según el Instituto Nacional de Estadística, un español medio consumía en 2018 en torno a los 137 litros diarios de agua. Lo que se traduce en unos 50.000 litros anuales (50 metros cúbicos). Así que para llegar a los 54 hectómetros cúbicos que puedan consumir TODOS los campos de golf españoles necesitamos una población de algo más del millón de habitantes. Es decir, la totalidad de los campos de golf NO consumen tanta agua como todos los españoles juntos, como dice el segundo tuit, sino que consumen el equivalente a un colectivo de UN millón de españoles. Y, desde luego, si habéis seguido mis cuentas, UN campo de golf NO consume más agua que todos los habitantes de Burgos, con una población en torno a los 180.000 habitantes. Necesitaríamos juntar el consumo de unos 80 campos de golf de 18 hoyos para igualar las cifras.

Terminaba yo la entrada de 2007 recomendando a mis lectores que se dieran una vuelta por campos de golf como los mencionados en ella (sin urbanizaciones adyacentes o, en su caso, pequeñas) o por la veintena de ellos que la Búha y este vuestro autor tenemos en un radio de una hora de coche al otro lado de la frontera con Francia. En casi todos los casos, y en otros de otras regiones, hay ejemplos de campos situados en entornos idílicos y sostenibles (algunos datan de principios del siglo XX), donde la naturaleza se preserva en toda su variedad y esplendor. Si alguno de los lectores de esta nueva entrada necesita información sobre dónde encontrar alguno cerca de su domicilio, no tiene más que preguntarlo. Y si la autora de los tuits se da una vuelta por Donosti estaré encantado en invitarle a comer y mostrarle mi campo.

Fuentes:

Javier Ansorena y Domingo Merino, Golf y desarrollo sostenible, Federación Vasca de Golf (2007). Enlace.

Césped deportivo. Diego J. Peñapareja, Domingo Merino y Javier Ansorena. Mundi-Prensa (2017) y comunicaciones privadas de D. Merino.

El swing del agua. Francisco J. Garcia Ircio. Federación de Golf de Castilla-La Mancha (2008).

Estadística sobre el Suministro y Saneamiento del Agua (2016). Instituto Nacional de Estadística. Noviembre de 2018. Enlace.

La gestión del agua en España. Análisis y Retos del Ciclo Urbano del agua. PwC (2018). Enlace.

El uso del agua en los campos de golf de España. Real Federación Española de Golf (2019).
Enlace.

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lunes, 23 de septiembre de 2019

Vapeando peligrosamente

En este Blog y desde 2008 ya hemos hablado varias veces sobre los cigarrillos electrónicos, en un intento de ir siguiendo la evolución de este producto emergente de interesante Química en su concepción. Cada vez que he publicado algo al respecto, he recibido serias críticas de fieles seguidores de este Blog, a los que quiero y respeto mucho. Para muestra la última entrada al respecto en 2014. Pero la cosa vuelve cíclicamente a mi escritorio y, esta pasada semana, he leído un artículo en Chemistry World, firmado por Rebecca Trager, excelente como siempre y que podéis leer aquí en su versión original. Y que creo que es bueno extender entre los que no sigáis a Chemistry World.

He explicado en otras ocasiones que los dispositivos que se comercializan contienen, básicamente, una disolución de nicotina en propilenglicol, disolución que se coloca en un cartucho que recuerda el filtro de un cigarro convencional. Ese cartucho, reemplazable, se rosca en el cuerpo principal del cigarrillo de pega. Cuando el fumador inhala, se activa un sensor que ordena que se caliente la disolución de nicotina en propilenglicol, que se vaporiza y acaba en el fumador. Lo del propilenglicol es uno de los trucos fundamentales del cigarrillo electrónico porque permite que su vapor se vea, reproduciendo así el humo de un cigarro normal, algo que no ocurre si en lugar de propilenglicol empleamos sólo agua (si funcionara solo con agua hubiera sido la bomba). Además de la nicotina, las marcas comerciales colocan en la disolución algunos saborizantes, en un intento de reproducir lo más fielmente posible el sabor de un cigarrillo convencional. Y aquí es donde empezaron los problemas desde el principio, como se puede ver en la entrada de 2014 arriba mencionada.

Pero, desde hace unos meses, ha surgido un problema más y serio. En un corto período de tiempo, las autoridades sanitarias americanas han detectado 380 casos de afecciones pulmonares severas y seis fallecimientos entre vapeadores (así se llama a los "fumadores" electrónicos) habituales. Los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDCs) y la propia Administración americana de Alimentos y Medicamentos (FDA) están trabajando en el asunto y parecen haber llegado a la conclusión de que un posible causante del problema es un suplemento nutricional que, químicamente, responde al nombre de acetato de tocoferilo o, lo que es lo mismo, acetato de vitamina E.

Explica Rebecca que, cuando las autoridades sanitarias comenzaron la investigación, el primer punto en común de muchas de las muestras investigadas, proporcionadas por los propios enfermos, contenían un componente psicoactivo del cannabis, el tetrahidrocannabiol al que, en un principio, se echaron las culpas. Pero ahora se sabe que muchos de los líquidos de vapeo que contenían ese cannabinoide también contenían acetato de vitamina E, que se comenzó a usar en esas mezclas como una forma de incrementar su viscosidad y facilitar así su empleo. Es lo que en otros ámbitos como la cosmética (y también en cocina) se conoce como un espesante.

Aunque el mencionado acetato es una sustancia que no parece tener efectos dañinos cuando se ingiere oralmente o se aplica en la piel, no se tienen muchos datos en lo relativo a sus efectos por inhalación. En el artículo de Chemistry World, un experto le cuenta a Rebecca que la temperatura de vaporización del acetato en cuestión está en el intervalo de las temperaturas que se alcanzan en los dispositivos de vapeo, con lo que puede llegar a los pulmones en forma gaseosa y depositarse posteriormente en ellos en forma líquida, provocando respuestas del sistema inmunológico y dando lugar a procesos inflamatorios que pueden ir a peor.

Parece ser también que la mayoría de estos líquidos con tetrahidrocannabiol están en mercados alternativos, mal controlados, de los líquidos de vapeo, ya que esa sustancia, aprobada para su uso recientemente en Canadá, no lo está en los EEUU. Llama la atención también que la alerta producida en EEUU no se haya reproducido en otros países como, por ejemplo, el Reino Unido. El artículo de Chemistry World achaca la diferencia a los mucho más estrictos controles que las autoridades inglesas tienen sobre todo lo que tiene que ver con los cigarrillos electrónicos.

Como consecuencia de toda esta problemática, el gobierno Trump manifestó hace pocas semanas su pretensión de prohibir los dispositivos de vapeo, algo a lo que se ha sumado el de India esta misma semana. Veremos en qué queda.

Mientras tanto, y como actualización posterior, no se pierdan el comentario de uno de mis antiguos estudiantes (y, sobre todo, amigo) que aparece debajo.

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martes, 27 de agosto de 2019

Globos y la crisis del helio

Para que un globo de los usados en cumpleaños y otros festejos se eleve sobre la superficie de la Tierra, se necesita llenarlo con un gas que sea menos denso que el aire, cuya densidad es 1,27 g/L. Cuando uno busca gases que cumplan esa condición, los posibles candidatos no son muchos y, además, algunos pueden resultar peligrosos, como el hidrógeno, cuya densidad anda en torno a 0,09 g/L. Cuando yo era jovencito, en las dependencias de Bomberos de mi pueblo, ocurrió un grave accidente que dejó muertos y quemados. Mientras llenaban globos con hidrógeno para una cuestación benéfica, alguien fumaba en los alrededores y provocó la catástrofe.

El helio es un buen candidato para los menesteres que nos ocupan, al menos en principio. Se trata de un gas incoloro, inodoro, muy estable y cuya densidad es 0,18 g/L, lo suficientemente pequeña como para que los globos que llenemos con él se vayan hacia las nubes en cuanto los dejemos libres. Pero los átomos de helio difunden fácilmente a través de las paredes del caucho que constituye el globo así que, poco a poco, el gas se escapa del interior del globo, que pierde presión y se va haciendo cada vez de menor tamaño hasta que, finalmente, se queda prácticamente sin helio y vuelve a caer por gravedad hacia la tierra.

Cuando hace unos meses escribí una entrada sobre un artículo publicado en una revista del grupo Nature en el que parecía concluirse, según la sorprendente interpretación de algunos medios de comunicación, que el plástico que más animales mataba en el mar era precisamente el material constitutivo de los globos, el censor ortográfico más puntilloso que tengo entre los lectores de este Blog, Alexforo, me mandó un vídeo de una escuela italiana en la que se adoctrinaba a los tiernos infantes para que no soltaran globos a la atmósfera, como una forma de evitar la contaminación por plásticos y microplásticos existente en los océanos. Y no son los únicos con tales iniciativas. Hace poco se publicó en el New York Times un artículo en el que se contaba que Gibraltar había prohibido la suelta de globos en una ceremonia que se venía celebrando desde 1992, cuando se conmemoró el vigésimo quinto aniversario del referéndum en el que los llanitos decidieron permanecer bajo las faldas de Su Majestad Británica. Desde esa conmemoración, cada setiembre se han soltado 30.000 globos desde Gibraltar, hasta que este año se ha prohibido la suelta como consecuencia de que el Gobierno del Peñón "reitera su compromiso con un mar limpio, libre de plásticos y otros materiales no biodegradables que causan mucho daño a la vida marina".

No me parecen mal, ni mucho menos, este tipo de gestos aunque, si habéis leído mi serie sobre los microplásticos (por ejemplo aquí), estaréis conmigo en que no dejan de ser brindis al sol. A fin de cuentas, la posible contribución de los globos al flujo de plásticos que acaba todos los años en el mar, a través de ríos bien localizados en el mundo, es ridícula. Más o menos como la posible contribución de esas mismas sueltas de globos a la crisis del helio que actualmente estamos padeciendo y que es, en el fondo y después de todo este rollo, lo que yo quería contar en esta entrada que ya se me está haciendo demasiado larga.

El helio es el único elemento, entre todos los de la Tabla Periódica, que permite alcanzar temperaturas extraordinariamente próximas al llamado cero absoluto de temperaturas, establecido en -273,15 ºC. El helio líquido hierve unos cuatro grados por encima de esa temperatura, así que lo mismo que cocemos a una temperatura constante de 100 ºC cuando el agua hierve, podemos mantener muchas cosas a esa temperatura tan baja, a la que el helio hierve.

Un descubrimiento inicial posibilitado por manejar cosas en helio líquido es que algunos materiales, cuando se enfrían a temperaturas muy bajas, pierden su resistencia eléctrica y se convierten en superconductores. Gracias a ellos, por ejemplo, tenemos los trenes de levitación magnética o los equipos de Tomografía por Resonancia Magnética, miles de los cuales funcionan en los hospitales del mundo. El helio es fundamental también en instalaciones de física de partículas como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN, cerca de Ginebra, y ha posibilitado descubrimientos merecedores del Premio Nobel como el efecto Josephson, la superfluidez (ausencia de viscosidad) o el efecto Hall cuántico. Y los químicos tenemos en los equipos de Resonancia Magnética Nuclear (RMN) una herramienta muy poderosa que ha revolucionado la síntesis química y farmacológica.

Todos esos equipos necesitan un aporte continuo de helio líquido, sin el que no pueden funcionar. Y mientras están en funcionamiento, lo pierden continuamente y para siempre en las inmensidades del Universo. Aunque en ese Universo el helio es el segundo elemento más abundante (tras el hidrógeno), su presencia en la Tierra es una rareza que se origina como consecuencia de la descomposición radiactiva de otros elementos localizados en la corteza terrestre, un proceso que tarda millones de años y para el que no hay alternativa a la hora de producir helio.

Una pequeña fracción del helio que se produce mediante el proceso arriba mencionado puede quedar atrapado en lugares protegidos por rocas impermeables, acompañando a otros gases como el gas natural. Solo si en ese gas natural el helio está por encima del 0,3% el proceso de recuperación del helio puro es viable económicamente, algo que la mayoría de los yacimientos de gas natural no cumplen, por lo que no pueden ser fuente del helio que necesitamos.

Con todos estos problemas y la cada vez mayor necesidad de helio en experimentación científica y en instrumentos que se han vuelto esenciales en laboratorios y hospitales, resulta lógico que su precio haya ido subiendo de forma alarmante en los últimos años y se hayan producido cortes puntuales de suministro en algunos lugares, lo que puede causar daños irreversibles a algunos de los equipos mencionados. Y para poner aún peor las cosas, una fuente estratégica de helio, la Federal Helium Reserve del Gobierno americano, que lleva funcionando desde 1960 en Amarillo, Texas, amenaza con cerrar sus puertas en el otoño de 2021.

Así que, aunque solo sea testimonial, mejor no compráis globos llenos de helio para los chavales.

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miércoles, 14 de agosto de 2019

Catadores de Coca-Cola

La historia de la Coca-Cola, como la de muchos productos que han acabado teniendo un lugar en nuestra civilización, resulta de lo más entretenida cuando uno tiene tiempo, como yo, para perderlo en los entresijos de su devenir a lo largo de los tiempos. De casi todos es conocido que el brebaje que constituye la esencia de la bebida se debe a un farmacéutico de Atlanta, John Pemberton, que lo formuló en 1886. Tras su muerte en 1888, Asa Candler compró los derechos en 1891, fundó la compañía e instituyó la larga tradición de no patentar la fórmula sino mantenerla en secreto, tradición que aún hoy pervive. Al hilo de la fórmula original, lo que no todo el mundo sabe es que en un pequeño pueblo valenciano, Aielo de Malferit, reivindican que, seis años antes, habían inventado un jarabe con un sabor parecido, a base de nuez de Kola y hojas de coca de Perú, que llamaron Kola-coca. Es una interesante historia que podéis leer en este artículo de El País.

Claro que las técnicas analíticas que los químicos usamos han cambiado mucho en este casi siglo y medio transcurrido desde entonces y hoy sería posible aproximarse mucho, si no del todo, a la fórmula exacta de la bebida en términos de sustancias químicas presentes. Eso también debió pensar Carl Djerassi, un insigne químico de origen búlgaro, tenido como el padre de los anticonceptivos orales, del que os hablé en una entrada de 2006 que luego actualicé en 2014. Personaje multifacético donde los haya, entre sus intereses estaba también la literatura y en uno de sus conocidos cuentos (Cómo vencí a Coca-Cola), fabulaba con la historia de un químico que había conseguido identificar, gracias a las técnicas instrumentales más potentes disponibles en el momento, los, según el cuento, 227 diferentes componentes químicos de la Coca-Cola original y generar, mezclándolos en las proporciones adecuadas, una bebida indistinguible de ella. Por lo que pidió a la compañía una respetable cantidad de dinero para mantener el secreto (mejor os leéis ese y otros cuentos en este pequeño libro).

Pero independientemente de las fantasías químicas de Djerassi, la leyenda del secreto de la fórmula sigue vigente y son muchas las noticias y páginas de internet dedicadas al asunto. Por ejemplo, en el año 2011 corrió la noticia de que se había encontrado la fórmula original en un libreta de notas de un boticario amigo de Pemberton, libreta que había pasado de generación en generación entre sus familiares. Y, en este enlace, podéis encontrar una de las bastantes recetas que circulan en la red, en la que, usando ocho aceites esenciales, ácido fosfórico, agua, azúcar, cafeína y un colorante a base caramelo, se asegura conseguir un producto final indistinguible del original.

Pero, en estos tiempos en los que los gobiernos nos quieren mantener sanos y saludables (usando como excusa hasta el cambio climático), la cafeína y sobre todo el azúcar, no tienen muy buena prensa. Así que Coca-Cola ha evolucionado con los tiempos y ha eliminado la cafeína de algunas de sus versiones o, incluso y en la llamada Zero-Zero,la cafeína y el azúcar. Y para mantener el dulzor de la Coca-Cola original, el azúcar ha sido sustituido por uno o varios (según los países) edulcorantes artificiales, aunque el omnipresente en todas las Coca-Colas del mundo mundial es el aspartamo, sobre el que hemos hablado en este Blog a propósito del acoso al que le vienen sometiendo, desde su descubrimiento, los más radicales quimiofóbicos.

El caso es que entre mis ocho sobrinos (siete por parte propia y uno de la Búha), tengo algunos que, si vienen a nuestra casa, me piden una Coca-Cola. Algo que nosotros bebemos muy raras veces al año pero, en el frigorífico y por aquello de los sobris, siempre hay Coca-Cola con todo y Coca-Cola Zero-Zero. Hace poco, uno de ellos, cuya actividad profesional tiene que ver con la compañía de Atlanta, vino de visita y nos pidió una Zero-Zero. Fue catarla, hacer un mohín raro y ponerse a buscar la fecha de consumo preferente. Fecha que indicaba que esa lata llevaba unos nueve meses pasada de rosca. Tras sorprenderme ante las sensibles papilas de mi sobrino y tras su muy parca sugerencia de que el asunto tenía que ver con el aspartamo, no había más remedio que empezar a tirar del hilito.

Como contaba en la entrada mencionada arriba, el aspartamo es una molécula relativamente complicada que, en el tracto gastro intestinal de animales y humanos, se hidroliza (se rompe) para dar tres moléculas más pequeñas y bien conocidas, dos de las cuales, el ácido aspártico y la fenil alanina, son dos aminoácidos esenciales, es decir, aminoácidos que nuestro organismo necesita pero que no puede sintetizar y que, por tanto, los tiene que extraer a partir del metabolismo de los alimentos. La tercera de las sustancias es el metanol, que es el principal peligro de esa hidrólisis, pero el metanol también accede a nuestro organismo cuando consumimos verduras, legumbres, sidra o zumo de tomate, sin que ocurran trastornos dignos de mención, dadas las cantidades que ingerimos. También puede que aparezca, como impureza del aspartamo empleado, una sustancia conocida como 2,5 dicetopiperazina (DKP) y que no es ni cancerígena ni genotóxica.

Pero el aspartamo también se puede hidrolizar (romper), de manera algo diferente, en la propia botella o lata de Coca-Cola a medida que pasa el tiempo, debido al medio ácido (pH en torno a 3) en el que se encuentra y que se debe, fundamentalmente, al ácido fosfórico que forma parte de la receta tradicional. La hidrólisis del aspartamo en medio ácido y su desaparición en el tiempo está bien estudiada desde los años ochenta (un trabajo de referencia suele ser el de Tsang, Clarke y Parrish, J. Agric. Food Chem. 33, 743 (1985)). Los autores identificaron hasta cuatro compuestos de esa hidrólisis, cuya concentración dentro de la lata va creciendo en el tiempo, entre ellos la fenilalanina y la DKP antes mencionadas, pero lo más importante para nuestra explicación es que, paralela y lógicamente, el aspartamo va desapareciendo de nuestra bebida aún almacenada. Al cabo de seis meses de estar en el recipiente, sólo queda el 30% del aspartamo originalmente añadido y al cabo de tres años su concentración no llega ni al 1%. Me imagino que todo eso la compañía lo sabe y tomará las medidas oportunas en torno a los tiempos de consumo preferente que establece en sus recipientes. Y supongo que eso también tendrá que ver con que añadan otros edulcorantes acompañando al aspartamo.

Lo cual complica un poco el asunto de la cata. Así que me he puesto un aviso en mi agenda para que la próxima vez que nos visite el "catador" de Coca-Cola, podamos tener disponibles, además de la Coca-Cola de venta en España (que lleva aspartamo y otros dos edulcorantes), una proveniente de Francia (que solo contiene aspartamo y otro más). Y a ver si es capaz de detectar las diferencias.

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jueves, 1 de agosto de 2019

Mujeres y enlaces de hidrógeno

De vez en cuando me llama la atención alguna historia relacionada con mujeres científicas y, enseguida, me acuerdo del Blog Mujeres con Ciencia que edita la incansable Marta Macho Stadler, profesora del Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU. Y, si se tercia, escribo algo como modesta contribución al mismo. Esta vez la cosa ha venido rodada. Leí a principios de julio un interesante artículo de Andy Extance en Chemistry World sobre Dorothy June Sutor, una cristalógrafa cuya historia está relacionada con la de Rosalind Franklin, tanto por el ámbito científico en el que se movieron, como en los sitios en los que desarrollaron su actividad científica. Y, finalmente, en la influencia que en sus vidas tuvo el comportamiento poco ético de algunos colegas masculinos que les rodearon. Además, la pasada semana, se cumplían 99 años del nacimiento de Rosalind Franklin. Así que todo se prestaba a escribir lo que el pasado martes 30 de julio se publicó en el Blog cuyo logo se ve arriba. Aquí tenéis el enlace. Hay partes del texto un poco "para químicos", pero creo que la historia que subyace merece la pena.

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