domingo, 17 de agosto de 2014

Agua pura y saludable

Hace ahora casi 160 años, a finales de agosto de 1854, se desató en Londres lo que se definió por John Snow como la mayor epidemía sufrida hasta entonces en el Reino de Su Majestad Británica. Las pesquisas de este médico, un escéptico (también los había entonces) de la imperante teoría del miasma como origen de este tipo de infecciones, le llevaron a descubrir que la gente que enfermaba y moría eran, en su gran mayoría, usuarios de una fuente pública situada en la calle que hoy se denomina Broadwick Street. Snow llegó a esa conclusión tras la elaboración de un mapa en el que se situaban los domicilios de los muertos que se habían ido produciendo en los primeros días de setiembre de ese año. Hoy llamaríamos a ese mapa un diagrama de Voronoi, como muy bien explicó esa estupenda matemática que se llama Clara Grima en este recomendable post publicado en Naukas a finales de 2011.

En realidad, lo ocurrido en Londres en 1854 fue moneda corriente en los grandes asentamientos de población que fueron generándose a lo largo del siglo XIX e inicios del siguiente. Los antiguos y emergentes grandes núcleos urbanos de Europa y Norteamérica implicaban crecientes necesidades de agua por parte de sus ocupantes que, generalmente, echaban mano de los recursos hídricos más cercanos existentes, fundamentalmente ríos. Pero esos mismos ríos eran también los destinos finales de las aguas fecales de esa misma población, con lo que las epidemias estaban servidas. La citada teoría del miasma propugnaba que eran los "malos olores" de esas fuentes de agua las que, propagándose por el aire, ocasionaban la extensión de las epidemias. Todo empezó a cambiar, desde un punto de vista conceptual, con los trabajos de Pasteur en los años 60 del siglo XIX, quien atribuía el origen de las enfermedades a determinados microbios. Pero llevar eso a la calle y acabar con las recurrentes epidemias de cólera, tifus, disentería y similares necesitó de otros 50 años más.

Hoy estamos muy acostumbrados, al menos en ciertos sitios, a abrir el grifo de agua y beberla con tranquilidad pero poca gente parece ser consciente del lujo que eso supone, lujo que sólo empezó a ser una tendencia irreversible y generalizada en muchas ciudades a partir de una fecha no muy lejana todavía, el 26 de setiembre de 1908, gracias a los esfuerzos de dos ciudadanos desconocidos aún hoy para la mayor parte de la Humanidad: John L. Leal y George W. Fuller. Leal era un médico que había sido contratado como supervisor sanitario por una empresa que en 1899 se había adjudicado la obra de una nueva instalación que proporcionara agua en debidas condiciones (pure and wholesome water decía paladinamente el contrato) a la ciudad de Jersey City. La obra se entregó en 1904 pero, tras algunos pequeños brotes de epidemias como las arriba mencionadas, los responsables de la ciudad llevaron a juicio a la empresa y se negaron a liquidar la totalidad del pago de la obra, argumentando que el agua que proporcionaba la instalación no era "pura y saludable", como requería el contrato firmado. El litigio fue largo y prolijo y en junio de 1908, el juez del caso dió tres meses a la empresa de Leal para que acabara con los problemas alegados por la ciudad, bajo la amenaza de que, si no lo hacían, se quedaban sin la pasta no liquidada.

Leal conocía las diversas experiencias a pequeña escala que, en otras ciudades y países, se habían llevado a cabo con la cloración del agua. Incluso, por su cuenta y riesgo, había llevado a cabo experimentos que le demostraban que la adición al agua de hipoclorito sódico o cálcico, fuentes baratas de cloro, acababa con los gérmenes de la misma. Ni corto ni perezoso se alió con Fuller, un graduado en Química por el MIT y con experiencia en la implantación de sistemas de depuración de agua empleando filtros de arena y, en cuestión de pocas semanas y a partir de finales de setiembre de 1908, empezaron a suministrar a Jersey City agua tratada con hipoclorito cálcico. No sin antes vencer las razonables resistencias de los prebostes de la ciudad por el "sabor a cloro" del agua, así como las de algunos quimiofóbicos de la época que no aceptaban que se tratara "su" agua con "un veneno" como el hipoclorito.

Pero en la reanudación de la vista y tras las declaraciones de decenas de especialistas y testigos, el juez dió la razón a la empresa de Leal, declaró que el agua era "pure and wholesome as required" y marcó con su decisión el inicio de los hoy extendidos tratamientos de aguas mediante cloración de las mismas. El efecto sobre las epidemias que asolaban periódicamente a las grandes poblaciones fue inmediato. En la gráfica que ilustra esta entrada podéis ver las tasas de muerte por tifus, por cada 100.000 habitantes y en EEUU, antes y despues de la introducción de la cloración en los sistemas de distribución de agua.

En años más recientes los tratamientos por cloro han sufrido diversos cambios y avatares y, hoy en día, hay mucha gente que los mira mal y puebla internet de cosas como los halometanos y otros alegados peligros derivados del empleo de compuestos de cloro para salvaguardar la seguridad del agua potable. Pero los resultados de la cloración de agua en la salud de las personas están ahí desde hace un siglo y el no reconocerlo es otra de las variantes de esa esquizofrenia de países ricos tan imperante en estos tiempos.

Y prometo en breve una entrada sobre el asunto de los halometanos y similares. Que no quiero que penséis que escurro el bulto.

Nota: Esta entrada es un brevísimo resumen de un interesante libro que llevo releyendo meses: "The Chlorine Revolution: Water Disinfection and the Fight to Save Lives" de Michel M. McGuire (2013).

8 comentarios:

  1. Los descubrimientos de Snow llevaron a la creación del sistema de gestión de aguas fecales de Londres por parte del ingeniero Bazelgette.
    http://en.wikipedia.org/wiki/London_sewerage_system
    Hay un precioso documental en el que se describe esta historia, que te recomiendo:
    http://watchdocumentary.org/watch/seven-wonders-of-the-industrial-world-episode-04-the-sewer-king-video_6c4204e76.html

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  2. Gracias Unai. Ya sabía yo que un experto en Snow como tú no me podía fallar.

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  3. fantastico articulo.

    una duda que igual sabeis,que tipo de conservantes anaden en el agua mineral envasada?

    no he encontrado ninguna marca que admita anadir conservantes, pero si hacemos una sencilla prueba, vemos que este typo agua se conserva sin olores durante mas tiempo que la clorada... me lo puedo creer del agua de lourdes, pero todas las fuentes salen conservadas?

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  4. Gracias Moutxo. Y en cuanto a los aditivos en el agua embotellada hay bastante información en la web pero te doy el link a un reciente artículo de la revista TIME: http://time.com/3029191/bottled-water-ingredients-nutrition-health/

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  5. qué va, gracias a ti. ya me intentaré repasar los articulos mas antiguos sobre el agua envasada.

    me da a mi que conservar un agua con cantidades minimas de los compuestos listados en el articulo de time supone el mismo reto que tomandola directamente del acuifero. estos compuestos son para conferirle propiedades "nutritivas".

    pero yo estoy casi seguro que visto el comportamiento excepcional de estas aguas, les anaden conservantes especificos.

    y ojo que no hago ningun juicio de valor sobre la idoneidad de la conservacion!

    vender un agua embotellada de la que no se controla el tiempo durante el que sera consumida una vez abierta, puede ser una temeridad quizas mayor que usar conservantes adaptados.

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  6. Excelente post Búho en plenas vacaciones (para algunos) de verano. Cuánta razón tienes en definir "esa esquizofrenia de países ricos". Esa misma esquizofrenia que mueve a tanta gente a acudir a fuentes pirenaicas por ejemplo (como la de Santa Elena del Valle de Tena por decir una) para proveerse de "agua pura de alta montaña" sana y sin contaminantes que toda la vida llevan bebiendo los montañeses habitantes de los pueblos circundantes.
    Y no digo que el agua sea mala porque ciertamente contaminantes no lleva, entendiendo por contaminantes metales pesados, pesticidas y otras lindeces (aunque en el valle de Tena el lind...ano está siempre presente). Pero esas fuentes de montaña en mitad de carreteras normalmente NO están tratadas y aun no teniendo contaminantes tienen una alta concentración de que eso que se llama "materia orgánica". Las vacas están más arriba y sus desechos van a parar a esas aguas. Hace años, mi mujer que trabaja en la Universidad y se dedica al análisis de aguas analizó la tan loada agua de Santa Elena. No había contaminantes: purísima, seguro? Estaba llena de materia orgánica. Y los que la llevan bebiendo años probablemente tienen sus intestinos bien adaptados (como los indios -que no hindúes- a las aguas del Ganges) pero el pobre madrileño que coge tres bidones y se los lleva a Moratalaz tiene muchas posibilidades de estar sentado largos períodos en el baño por beber esa agua tan sana del Pirineo. Ojo con lo que bebéis, no vaya a ser que sea tan puro que no lo sea, en realidad. Personalmente me quedo con Bezoya (siento la publicidad) y no por la rima fácil sino porque deja menos de 30 mg por litro de residuo frente a los más de 300 mg/L que deja la de Panticosa. A mucha gente no le gusta porque es casi destilada pero no tiene ni sodio ni calcio, algo difícil de conseguir porque normalmente uno de los dos está alto a costa de bajar el otro. Cuánto habría para escribir sobre esto... descalficación (sodio vs calcio), tratamiento de aguas, lindanos, pero esas son otras historias y a mi sólo me queda pedir disculpas por esta larga, larguísima contestación.

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  7. Excelente post, junto al enlace al de Clara y su diagrama de Voronoi, que te diré me encantó por o didáctica.
    Tienes razón, estamos tan acostumbrados a obtener agua potable sin esfuerzo, que la usamos hasta para lavar el auto...como si el artefacto necesitara agua potable!Nadie piensa en el costo de producirla, tampoco en lo escasa que está en muchos lugares, y resulta increíble que haya gente en este momento, que muere por beber agua contaminada. Gracias por este llamado de atención!

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