martes, 30 de junio de 2026

Noticias que me han interesado en junio

Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los que me han animado tras leer, en la última entrada, que el mes de junio estaba siendo un poco triste para mi. El día 2 falleció súbitamente un buen amigo. Que, además, era mi profesor de golf desde hace un par de años. Así que los primeros días de este mes, que andábamos por Galicia tomando el sol, comiendo bien y golfeando, cada vez que le pegaba a una bolita blanca recordaba sus consejos en la caseta de prácticas. Junio también ha sido un mes intenso en celebraciones familiares así que, aunque he leído muchas cosas interesantes, lo he hecho con poca intensidad y he decidido resumirlas en una única entrada porque, si no, esas lecturas acabarán perdidas en el laberinto de mis ya vetustas neuronas. A ver cómo sale, que es la primera vez que escribo una entrada como esta. Compuesta de cinco apartados que podéis ir leyendo separadamente.

El agua del grifo de Londres contiene PFAS, pero en niveles sorprendentemente bajos.

Ese es el título de una noticia publicada este mes en la revista Chemistry World, que hacía referencia a un artículo científico publicado en la revista de la Royal Society of Chemistry. El trabajo analizó la presencia de 38 sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) en el agua potable municipal de Londres, en 210 muestras procedentes de 92 hogares y 12 fuentes públicas y suministrada por cuatro compañías diferentes.

Como probablemente hayáis oído o leído, las PFAS constituyen una familia de varios miles de compuestos fluorados, utilizados desde la década de los cincuenta por su extraordinaria resistencia al calor, la grasa y el agua. Se han empleado y se emplean en numerosas aplicaciones, como espumas contra incendios, textiles impermeables, envases alimentarios, recubrimientos antiadherentes en sartenes y en otros ámbitos menos citados pero muy importantes, como el electrónico o el farmacéutico. Su gran estabilidad química hace que persistan durante mucho tiempo en el medio ambiente, lo que les ha valido el sobrenombre de "productos químicos eternos" (forever chemicals). Algunos PFAS, especialmente los de cadena larga, como los denotados con las siglas PFOS y PFOA, son bioacumulables y se han asociado en estudios epidemiológicos y toxicológicos con diversos efectos adversos para la salud, lo que ha llevado a restringir su uso. Sin embargo, la toxicidad varía considerablemente entre los distintos PFAS y el principal reto científico y regulatorio actual consiste en determinar qué niveles de exposición representan un riesgo real para la población.

Los autores detectaron hasta 10 PFAS diferentes de los 32 investigados. Ninguna de las muestras de agua superó el umbral de seguridad vigente en Inglaterra para ellos (10 ng/L para un PFAS individual y 100 ng/L para la suma de PFAS), lo que indica una elevada calidad del agua distribuida. Los autores realizaron además una evaluación del riesgo derivado de la ingesta diaria de agua por la población y concluyeron que la exposición a los cuatro PFAS considerados prioritarios por las agencias que velan por nuestra salud (PFOS, PFOA, PFNA y PFHxS), se mantiene por debajo de la ingesta diaria tolerable (TDI), establecida por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), en el 100 % de las muestras analizadas. Un resultado que yo creo que casi nadie esperaba.

Finalmente, se ensayaron cinco jarras filtrantes comerciales (tipo la que en España se vende bajo la marca Brita). Todas eliminaron al menos el 85 % de los PFAS presentes en el agua y las más eficaces alcanzaron reducciones cercanas al 99 %. Aunque los autores consideraron que, dadas las bajas concentraciones observadas, el uso de estos filtros no resulta generalmente necesario en Londres. También adviertieron de que el estudio no incluyó PFAS ultracortos, como el ácido trifluoroacético (TFA), del que hablamos no hace mucho, cuya vigilancia requerirá investigaciones futuras.

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El brillo del agua con gas es un artículo de Joe Schwartz, director de la Oficina para la Ciencia y la Sociedad de la canadiense Universidad McGill, uno de mis divulgadores favoritos y antiquimiofóbico declarado. El artículo describe los primeros usos medicinales del agua con CO2 que emerge, de forma natural, en ciertas fuentes termales, así como de los primeros intentos de generar ese agua carbónica artificialmente.

El primer en considerarlo fue Joseph Priestley, más conocido por su papel en el descubrimiento del oxígeno en 1774. Priestley vivía junto a una cervecería y le intrigaban las burbujas de dióxido de carbono que veía ascender en la cerveza. Esto le dio la idea de carbonatar el agua (así se llama poner CO2 en ella). Priestley diseñó un aparato que conectaba un recipiente de vidrio, donde se mezclaban tiza y ácido sulfúrico para producir el gas, con una vejiga de cerdo conectada a un tubo que conducía a una botella llena de agua. El gas generado llenaba la vejiga, que luego se comprimía para bombear gas a presión a través del agua. Mediante este método, se disolvía suficiente gas en el agua como para producir una aceptable bebida con burbujas. Lo de la vejiga originó una agria polémica con el médico escocés John Nooth, quien se interesó por el invento y el uso medicinal de esa agua pero que aducía que el agua de Priestley sabía a orina. Finalmente, se llegó a un dispositivo solo de vidrio.

Con el tiempo, Jacob Schweppe, un inventor suizo, amplió el aparato, le añadió una bomba de presión y puso el agua carbonatada al alcance de todos. Lo que demostró en 1851, en la Gran Exposición de Londres, con una gigantesca fuente que arrojaba agua carbonatada bautizada como Schweppes. Ahora se comercializan dispositivos para añadir CO2 al agua, mediante el procedimiento de pasar CO2 proveniente de una bombona a presión a través del agua de una botella (sin enchufarlo a ningún sitio). Un agua con gas no muy diferentes a la que se vende en los supermercados que, si os fijáis en la etiqueta, en muchos casos se declara que contiene CO2 añadido. Pero la de ese dispositivo (yo tengo uno en casa) sale mucho más barata.

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El vino con sabor a colchoneta de playa
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Tengo siete sobrinos y solo uno proviene de la aportación de la Búha. Ha heredado de la familia de su madre (mi cuñadísima) la políticamente incorrecta costumbre (y ahora poco habitual en un treintañero) de apreciar el vino. Hace un par de semanas, me llamó para contarme que, en una comida con un amigo, habían bebido un blanco de Lanzarote y que había detectado un aroma como a “colchoneta de playa recién comprada”. Y que no era la primera vez que le pasaba.

Como tengo mucha bibliografía sobre la llamada cromatografía olfatométrica y contactos con gente que trabaja en ella, he hecho las pertinentes pesquisas y he llegado a la conclusión de que la nota descrita por mi sobri corresponda, probablemente, a la familia de aromas que los expertos catadores describen como plástico/vinilo/fenólico y que, en la literatura y merced a la cromatografía olfatométrica antes citada, se asocia a compuestos como el 4-vinilfenol, especialmente en vinos blancos. Este compuesto se forma por descarboxilación del ácido p-cumárico presente en la uva y no se considera necesariamente un defecto del vino. En tintos, aromas similares suelen deberse a un primo del anterior, el 4-etilfenol, producido por las bacterias Brettanomyces.

Igual tenemos un “nariz de oro” en la familia y no nos hemos enterado.

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La imagen de la IARC (Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer) se está desmoronando.


Así lo entendía el pasado 10 de junio una entrada del blog Firebreak, al que estoy suscrito. Gracias a él me enteraba de que el Departamento de Estado de Estados Unidos, junto con el Departamento de Salud y Servicios Humanos, dirigido por RF Kennedy Jr., con el que me he metido en varias recientes entradas, habían hecho público un comunicado de prensa que concluía que las evaluaciones de riesgo de la IARC eran inconsistentes, carecían de transparencia y no eran aplicables a ninguna situación real. David Zaruk, el propietario del Blog, manifestaba sus sentimientos encontrados ante la noticia, ya que se ha manifestado muchas veces contra RFK Jr. y sus decisiones, pero también ha sido un acérrimo crítico de la filosofía de la IARC. Al leer la nota yo he experimentado sensaciones parecidas a las de Zaruk.

Porque el Búho también se ha manifestado contrario a las decisiones de la IARC en algunas charlas y alguna entrada como esta, donde expliqué que las evaluaciones de esa agencia se basan fundamentalmente en el peligro o amenaza latente de determinadas sustancias, demostrado por estudios en animales y en humanos, pero esas evaluaciones no tienen en cuenta las dosis que nos pueden hacer daño o, lo que es lo mismo, el riesgo o probabilidad de que esa sustancia pueda ser dañina en las condiciones de exposición en las que vivimos la mayoría de los mortales. Así que bien por Departamento de Estado y RFK Jr.,…… sin que sirva de precedente.

A David Zaruk le parece casi increíble que le hayan colado ese comunicado a RFK Jr. desde el Departamento de Estado de su propio gobierno. Y basa esa incredulidad en que el bufete en el que ha trabajado el actual Secretario de Estado, especializado en litigios y ahora llamado Wisner Baum, se ha embolsado millones de dólares en demandas contra el glifosato, basadas únicamente en la corrupta (según Zaruk, que lo documenta adecuadamente) Monografía 112 de la IARC, publicada en 2015, el único documento de una agencia científica que afirmó que el glifosato era probablemente cancerígeno.

Al que le interesen los argumentos de la entrada de Firebreak puede picar en el enlace de arriba. Está en inglés, pero hoy en día, cualquier navegador de internet os ofrecerá traducirlo al castellano. Y no tiene desperdicio.

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¿Es seguro conservar el pescado en envases de plástico? Esto dice un nuevo estudio?Así titulaba The Conversation el pasado 11 de junio una noticia que hacía referencia a un reciente artículo de investigadoras catalanas e italianas que estudiaban la migración de aditivos desde envases de plástico a pescados refrigerados o congelados. El estudio ha tenido reflejo en otros medios como, por ejemplo, La Vanguardia. En el caso de The Conversation otras frases resaltadas eran: “Ni el congelador detiene la migración”, “Las bandejas compostables también suponen un riesgo” y “Bebés y niños: los más vulnerables”.

En el caso de La Vanguardia, el título era Detectado por primera vez en pescado congelado el plastificante bisfenol A, pese a la prohibición en España y, como subtítulos, “La investigación desvela niveles de este aditivo que suponen riesgo, según apunta Ethel Eljarrat, directora del IDAEA-CSIC y coautora del estudio” y “Los envases y envoltorios con aditivos plásticos transfieren al alimento estos contaminantes, incluso a temperaturas de 20 ºC bajo cero”.

Leer el artículo completo, prolijo como todos los que provienen del IDAEA-CSIC y estando de vacaciones, no ha sido fácil y la idea que quiero transmitir es que sus conclusiones distan de las versiones “divulgativas” de la Profesora Eljarrat en los medios arriba reseñados, de las que uno puede concluir que casi sería mejor dejar de comer pescado. Ese salto entre los datos del artículo y la forma de contarlos, es cada vez es más habitual por parte de las agencias de prensa de Universidades y Centros y de los propios científicos.

Hay algunas cuestiones que. si yo hubiera revisado el artículo. hubiera preguntado a los autores. Por ejemplo, ¿de dónde viene el Bisfenol A (BPA) que aparece en los diferentes envases y luego se transfiere al pescado?. Porque ni en los filmes ni en las bolsas de polietileno o polipropileno se usa ese compuesto para producirlos. Pudiera provenir, se me ocurre, de alguna tinta usada para rotular esos objetos. O de que sean materiales reciclados (generalmente poco usados en envases para alimentación). O que sean falsos positivos derivados de la contaminación durante los procedimientos de análisis. También me gustaría indagar cómo puede ser posible que en la Figura 2, en la columna del BPA, caso c), la concentración de BPA en el pescado sea muy superior a la que hay en la bolsa de plástico en la que se había envasado (linea de puntos).

Y alguna más. Pero puesto que los autores también resaltan el riesgo que esa migración supone para nuestra salud, hubiera sido bueno, al divulgar los resultados, dejar claro algo que los propios autores mencionan en el penúltimo párrafo. Y es que, en aquellos casos en los que el Índice de Peligrosidad no cancerígeno (Hazard Index, HI) supera el valor crítico (establecido en el valor 1), ello se debe exclusivamente al BPA “…que contribuyó a casi el 100% del índice de peligrosidad o HI. En contraste, la contribución combinada de todos los demás contaminantes detectados, fue insignificante, manteniéndose consistentemente varios órdenes de magnitud por debajo de la del BPA, y por lo tanto muy por debajo del valor crítico de 1”. O lo que es lo mismo, después de estudiar la migración de 49 aditivos, solo el Bisfenol A es el causante de valores de HI superiores al crítico. Eso se ve también en la Tabla S13, contenida en el material suplementario.

¿Migra mucho más el BPA que el resto de los aditivos?. Pues va a ser que no. Esa conclusión sobre el índice de peligrosidad es debida en realidad a la reevaluación de la ingesta diaria tolerable (TDI) del bisfenol A (BPA), realizada por la EFSA en 2023, que rebajó 20.000 veces su valor.  Como explicaba en una entrada de 2017, esta nueva cifra no se basó en evidencia epidemiológica alguna en humanos sino en un efecto observado en ratones, concretamente un aumento de un tipo de linfocitos T (células Th17) implicado en procesos inflamatorios y autoinmunes. Diversos organismos y expertos han cuestionado la interpretación de EFSA. En particular, el Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR) considera que la evidencia disponible no justifica una reducción tan extrema y mantiene discrepancias con la EFSA, como puede verse en este documento conjunto de ambos organismos. Así que el peligro no está en la concentración del BPA en el envase ni en lo que el BPA migra, sino que nace de un umbral toxicológico extraordinariamente bajo y discutible.

Como está haciendo calor, me ha dado por leer cosas más refrescantes como el libro “Nature's Mutiny: How the Little Ice Age of the Long Seventeenth Century Transformed the West and Shaped the Present” de Philipp Blom. Y entre los documentos que reflejaron la crudeza del clima en esa época (La pequeña Edad del Hielo), el autor menciona este lamento del Cold Genius de Henry Purcell.

viernes, 19 de junio de 2026

Hidrógeno blanco, ¿algo más que una curiosidad geológica?

Mi interés por la llamada economía del hidrógeno arranca de la lectura, en setiembre de 2002, de un libro escrito por Jeremy Rifkin y publicado, con ese título, por la editorial Paidós. En la portada se incluían reclamos en forma de subtítulos impactantes como “Cuando el petroleo se agote”, “La próxima gran revolución económica” o “La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra”, con predicciones tan contundentes como que, a estas alturas del siglo XXI en el que ahora nos encontramos, casi todo el mundo conduciría vehículos (eléctricos) a base de las llamadas pilas de combustible que consumen hidrógeno y oxígeno para producir agua y energía eléctrica. En otro sitio he contado que luego vi a Rifkin en vivo y en directo y empecé a mosquearme. Y que el mosqueo se ha transformado posteriormente en un claro escepticismo, a medida que se han hecho evidentes las dificultades que tiene el uso del hidrógeno (H₂), como posible sustituto de combustibles fósiles, para ser la solución a muchos problemas y que, en lo tocante a la automoción, las baterías de litio se han llevado el gato al agua y más que se llevarán de la mano de los chinos.

Todo esto creo que quedó más o menos claro en una entrada de hace cinco años, en la que también aclaraba los adjetivos en forma de colores con los que se ha ido etiquetando al hidrógeno en función del método utilizado para obtenerlo (verde, azul, rosa,…). Porque, a diferencia de otros combustibles como el carbón o el gas natural, el hidrógeno no está como tal en la naturaleza y, si queremos utilizarlo, lo primero que hay que hacer es obtenerlo a partir de sustancias que lo contienen en su molécula, como es el acaso del agua (H₂O) o del metano (CH4), mediante procesos que necesitan grandes cantidades de energía. Por eso también se habla de que el hidrógeno es un vector, y no un combustible directo. En otra entrada posterior hablé del hidrógeno blanco o hidrógeno natural, contando su relativamente reciente descubrimiento en ciertas regiones geológicas o en antiguos yacimientos de gas natural. En ese caso, si hablaríamos de un auténtico combustible porque lo obtendríamos como tal gas, directamente de la Naturaleza. Ahora, un artículo del pasado mes de mayo analizaba el posible potencial de ese hidrógeno en una economía como la propugnada por Rifkin, desde una óptica que ya se avanzaba en mi última entrada, pero con datos experimentales más contundentes.

La idea central del trabajo es que este hidrógeno podría producirse y acumularse de forma continua durante largos periodos de tiempo. Esa idea se deriva de los experimentos llevados a cabo por los autores en perforaciones profundas en minas del llamado escudo canadiense, en Ontario, constituido por rocas muy antiguas. Allí observaron emisiones sostenidas de hidrógeno a lo largo de varios años. Esa sostenibilidad de las emisiones es muy importante porque demuestra que, en esos lugares, se sigue generando gas hidrógeno de manera activa y no se trata solo de una bolsa con hidrógeno atrapado, que se vacía poco a poco. Como ya os avanzaba en la última entrada antes mencionada, los geólogos piensan que el hidrógeno se puede estar produciendo continuamente a grandes profundidades de la corteza terrestre por dos procesos. Por un lado, la llamada serpentinización en la que, a las altas temperaturas del interior de la Tierra, la olivina, un mineral de hierro y magnesio, reacciona con el agua para dar hidrógeno y otro mineral conocido como serpentina. Por otro lado, en ese mismo manto terrestre, trazas de elementos radiactivos como el torio o el uranio pueden romper la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno.

Según los autores del estudio que estamos comentando, las emisiones medidas en cada una de sus perforaciones son relativamente modestas pero, al extrapolarlas al conjunto de la región minera en la que han trabajado, podrían alcanzar cantidades ya relevantes desde el punto de vista energético local. Lo que permite empezar a pensar en su exploración y posible explotación en diversas zonas de la Tierra que tienen características similares a las del enclave canadiense, existentes en países como Australia, Brasil, partes de África o Escandinavia.

Como apuntaba en un párrafo anterior y en la primera de las entradas arriba mencionadas, el atractivo del hidrógeno blanco es evidente: a diferencia del hidrógeno gris o azul, no habría que producirlo industrialmente a partir de combustibles fósiles, generando CO2 que, como mucho, podríamos capturar y tampoco requeriría el enorme consumo eléctrico requerido para generar hidrógeno verde a partir de la electrolisis del agua. El gas ya existiría y se seguiría formando en el subsuelo, listo para ser extraído. Aun así, el artículo también es prudente. Los autores reconocen que todavía no se sabe cuántos reservorios económicamente explotables existen, ni si los flujos observados pueden mantenerse a gran escala y darse en otros enclaves. Además, parte del hidrógeno continuamente producido puede perderse al difundir a la atmósfera por grietas en el terreno, o ser consumido por microorganismos subterráneos, lo que disminuiría la producción disponible. Argumentando también que aún faltan tecnologías específicas de prospección y extracción.

En resumen, el trabajo no demuestra que el hidrógeno blanco vaya a convertirse de inmediato en una gran fuente energética global, pero sí ofrece una de las evidencias más sólidas hasta ahora de que ese hidrogeno puede generarse continuamente en el subsuelo y podría llegar a tener importancia económica y geopolítica en el futuro. Pero conviene ser cautos. Por ahora y como nos dijo mi amigo Rafa Moliner, que sabe mucho de esto, en una charla que nos impartió en el Ateneo Guipuzcoano en octubre de 2024, “Debemos ser conscientes de que la transición energética hacia la descarbonización durará décadas, ya que las cantidades de energía a descarbonizar son ingentes, lo que exigirá ingentes inversiones e ingentes cantidades de recursos energéticos y materiales. No cometamos, como ya se hizo hace dos décadas, el error de transmitir la idea de que el H₂ renovable va a estar disponible en pocos años para resolver todos los retos de la transición energética“.

Yo comparto esa visión en lo relativo a los métodos convencionales de producción de ese hidrógeno renovable (a partir de metano, mediante la electrolisis del agua) pero quizás la opción del hidrógeno generado naturalmente pueda cambiar ese escepticismo que compartimos Rafa y yo. Aunque, como en otras muchas cosas que me interesan de cara al futuro de la Humanidad, no podré ver en qué acaba esta historia, dada la cortedad de mi futuro. Quizás todo esto se quede en nada por no disponer de yacimientos importantes. O quizás estemos solo en un estado muy preliminar, como les ocurrió a los pioneros de las primeras perforaciones a la búsqueda de petróleo. O a los que empezaron a principios de este siglo a usar las técnicas de fracking de forma decidida (de los que mucha gente se reía) para extraer petróleo y gas natural, técnicas que hoy han convertido a Estados Unidos en líder en la exportación de gas natural licuado (LNG), cuando antes eran importadores.

Junio esta siendo un mes triste para mi. Así que este Lamento de Dido de la ópera Dido y Eneas de Henry Purcell, representa bien mi estado de ánimo. Se trata de un arreglo de Leopold Stokowski para conjunto de cuerda, como el United Strings of Europe que lo interpreta.